Quien no haya sentido miedo alguna vez en su vida, que tire la primera piedra. Creo entonces que no se romperá ningún cristal a nuestro alrededor. Todos, en alguna medida, lo hemos padecido. El miedo hace su aparición cuando menos se lo precisa y en tan solo pocos minutos se apodera de nosotros e intenta tener el control absoluto. Paraliza, sobre todo, en aquellas circunstancias en las que mas precisamos de nuestro valor para salir airosos. El miedo insensibiliza, es una reacción natural para sobrevivir como especie, pero qué sucede cuando ese temor - casi pavor - sobrecoge, entumece, pasma, atonta, lastra, adormece y hace peligrar, incluso, hasta nuestra calidad de vida. Éste es ciertamente un estado afectivo o de ánimo intenso que se torna angustia, ansiedad cuando padecemos la inseguridad ante un peligro o riesgo (real o imaginario), presente o futuro, aunque muchos expertos aducen que la lejanía disminuye la intensidad del miedo, que comienza a adoptar la forma mas atenuada del temor.
Sin dudas, la clave es intervenir, actuar y empezar a hacer algo para recuperar nuestra confianza. Uno debe indagar si vale la pena vivir siempre con miedos, cuál es el beneficio que obtengo de tal estado, si hay algo que puedo hacer para transformar esa situación, por qué prefiero vivir atemorizado y no tomar el toro por las astas y buscar mi realización plena, sin temores a los fracasos, el letargo y la infelicidad. Nada, que como me decía mi madre: "El miedo devora el alma".