Desaparecer sin dejar rastro.

Otra mañana más, todo estaba en su lugar. La silla blanca estaba en la esquina de mi habitación. En ella estaba la ropa del día. La mesita al lado de mi cama, estaba intacta; el velador blanco, la caja floreada y hasta la revista de la noche anterior, que dejé caer entre sueños.
Lamentablemente todo seguía igual. La taza negra sin lavar en la cocina. La ropa sucia en un rincón del baño. La cortina de la sala de estar a medio abrir. No había ningún cambio, nada sucedió desde que cerré los ojos la noche anterior.
Sin embargo algo faltaba, algo tan valioso para mí, que era imposible no verlo, su presencia era notoria en el departamento del piso doce del edificio blanco que estaba enfrente al río.
Pero... ¿Por qué no estaba? Ayer a la tarde, mientras el sol desaparecía lo miraba a sus ojos negros, casi hechos de piedra, y parecían querer decir algo. No logré entender que quería decir. No le dí tanta importancia. Sin embargo debería haberme importado. Quizá lo que me quería decir era que se iba a ir, dejar todo intacto y desaparecer.